Apuntes sobre descentralización

Autor: William Vázquez

Apuntes sobre descentralización
La innovación puede llegar de distintas maneras y en ocasiones suele estar asociada con algún concepto que tiene la virtud de capturar la atención de diferentes audiencias.  En temas relacionados a gobierno y la administración pública, uno de esos conceptos con atributos de novedad y cambio es la descentralización.

La innovación puede llegar de distintas maneras y en ocasiones suele estar asociada con algún concepto que tiene la virtud de capturar la atención de diferentes audiencias.  En temas relacionados a gobierno y la administración pública, uno de esos conceptos con atributos de novedad y cambio es la descentralización.

En un sentido el asunto es muy sencillo: ¿cómo debe estar organizado el gobierno?  ¿Es preferible un esquema donde un centro de autoridad controle y distribuya los recursos? ¿O preferimos que las decisiones y servicios que impactan a las personas se den a niveles muy cercanos a la ciudadanía? Son preguntas muy básicas, por lo que no debe sorprender que algunas posibles respuestas sean relevantes sin importar el país o sociedad donde se plantee. De hecho, si algo distingue el tema de la descentralización es precisamente el alto nivel de consenso que existe a nivel mundial en torno a la necesidad de discutir este modelo de cómo gobernar.  América Latina ha dedicado gran parte de la última década a adelantar esfuerzos en esa dirección. Mientras, es justo reconocer que en lugares como Estados Unidos existe una tradición histórica de respetar el rol protagónico de los gobiernos locales.

Aunque cada caso está enmarcado en determinados contextos históricos, es posible identificar una coyuntura que marca todas estas experiencias. Me refiero a la pérdida de legitimidad de modelos tradicionales donde el eje de la gestión pública era un gobierno centralizado.  La insatisfacción es abundante, lo cual ha resultado en terreno fértil para explorar maneras alternas de operar, formas distintas de ejercer la función pública.  Una de las variantes de estos esfuerzos es precisamente la propuesta de acercar el ejercicio de gobernar a la ciudadanía,  relocalizar el eje principal de la función pública a niveles más cercanos a las personas. En un sentido más directo: transferir poder y autoridad pública del centro a la periferia.  ¿Se aleja entonces el gobierno? Al contrario, en este caso la periferia no es sino el país visto como un todo donde la gestión de gobierno resulta mejor distribuida en términos territoriales.  Moverse del centro supone entonces más cercanía, un gobierno más vinculado con la gente.

Puerto Rico no ha estado ajeno a esta discusión.  Desde los 40’s nuestro gobierno es uno muy centralizado.  Ese modelo se justificaba entonces como el necesario en un país pobre y carente de una infraestructura que hiciera viable su desarrollo económico.  Décadas después, sin dejar de reconocer las importantes

La innovación puede llegar de distintas maneras y en ocasiones suele estar asociada con algún concepto que tiene la virtud de capturar la atención de diferentes audiencias.  En temas relacionados a gobierno y la administración pública, uno de esos conceptos con atributos de novedad y cambio es la descentralización.

En un sentido el asunto es muy sencillo: ¿cómo debe estar organizado el gobierno?  ¿Es preferible un esquema donde un centro de autoridad controle y distribuya los recursos? ¿O preferimos que las decisiones y servicios que impactan a las personas se den a niveles muy cercanos a la ciudadanía? Son preguntas muy básicas, por lo que no debe sorprender que algunas posibles respuestas sean relevantes sin importar el país o sociedad donde se plantee. De hecho, si algo distingue el tema de la descentralización es precisamente el alto nivel de consenso que existe a nivel mundial en torno a la necesidad de discutir este modelo de cómo gobernar.  América Latina ha dedicado gran parte de la última década a adelantar esfuerzos en esa dirección. Mientras, es justo reconocer que en lugares como Estados Unidos existe una tradición histórica de respetar el rol protagónico de los gobiernos locales.

Aunque cada caso está enmarcado en determinados contextos históricos, es posible identificar una coyuntura que marca todas estas experiencias. Me refiero a la pérdida de legitimidad de modelos tradicionales donde el eje de la gestión pública era un gobierno centralizado.  La insatisfacción es abundante, lo cual ha resultado en terreno fértil para explorar maneras alternas de operar, formas distintas de ejercer la función pública.  Una de las variantes de estos esfuerzos es precisamente la propuesta de acercar el ejercicio de gobernar a la ciudadanía,  relocalizar el eje principal de la función pública a niveles más cercanos a las personas. En un sentido más directo: transferir poder y autoridad pública del centro a la periferia.  ¿Se aleja entonces el gobierno? Al contrario, en este caso la periferia no es sino el país visto como un todo donde la gestión de gobierno resulta mejor distribuida en términos territoriales.  Moverse del centro supone entonces más cercanía, un gobierno más vinculado con la gente.

Puerto Rico no ha estado ajeno a esta discusión.  Desde los 40’s nuestro gobierno es uno muy centralizado.  Ese modelo se justificaba entonces como el necesario en un país pobre y carente de una infraestructura que hiciera viable su desarrollo económico.  Décadas después, sin dejar de reconocer las importantes

La innovación puede llegar de distintas maneras y en ocasiones suele estar asociada con algún concepto que tiene la virtud de capturar la atención de diferentes audiencias.  En temas relacionados a gobierno y la administración pública, uno de esos conceptos con atributos de novedad y cambio es la descentralización.

 

En un sentido el asunto es muy sencillo: ¿cómo debe estar organizado el gobierno?  ¿Es preferible un esquema donde un centro de autoridad controle y distribuya los recursos? ¿O preferimos que las decisiones y servicios que impactan a las personas se den a niveles muy cercanos a la ciudadanía? Son preguntas muy básicas, por lo que no debe sorprender que algunas posibles respuestas sean relevantes sin importar el país o sociedad donde se plantee. De hecho, si algo distingue el tema de la descentralización es precisamente el alto nivel de consenso que existe a nivel mundial en torno a la necesidad de discutir este modelo de cómo gobernar.  América Latina ha dedicado gran parte de la última década a adelantar esfuerzos en esa dirección. Mientras, es justo reconocer que en lugares como Estados Unidos existe una tradición histórica de respetar el rol protagónico de los gobiernos locales.

Aunque cada caso está enmarcado en determinados contextos históricos, es posible identificar una coyuntura que marca todas estas experiencias. Me refiero a la pérdida de legitimidad de modelos tradicionales donde el eje de la gestión pública era un gobierno centralizado.  La insatisfacción es abundante, lo cual ha resultado en terreno fértil para explorar maneras alternas de operar, formas distintas de ejercer la función pública.  Una de las variantes de estos esfuerzos es precisamente la propuesta de acercar el ejercicio de gobernar a la ciudadanía,  relocalizar el eje principal de la función pública a niveles más cercanos a las personas. En un sentido más directo: transferir poder y autoridad pública del centro a la periferia.  ¿Se aleja entonces el gobierno? Al contrario, en este caso la periferia no es sino el país visto como un todo donde la gestión de gobierno resulta mejor distribuida en términos territoriales.  Moverse del centro supone entonces más cercanía, un gobierno más vinculado con la gente.

Puerto Rico no ha estado ajeno a esta discusión.  Desde los 40’s nuestro gobierno es uno muy centralizado.  Ese modelo se justificaba entonces como el necesario en un país pobre y carente de una infraestructura que hiciera viable su desarrollo económico.  Décadas después, sin dejar de reconocer las importantes